8/10/09

Partos múltiples

Los partos múltiples son algo relativamente corriente hoy en día. Gracias a las modernas técnicas de inseminación artificial y fertilización, los padres que antes eran incapaces de procrear no sólo dejan de serlo, sino que se vuelven extraordinariamente fértiles y procrean a menudo por partida doble y triple.


Encontrarse de repente con dos o tres niños cuando sólo se esperaba uno, empieza a ser bastante normal. Y lógicamente, una vez en esa situación y después del esfuerzo y dinero que ha costado a los padres el tan deseado embarazo, es raro que se echen atrás. Por eso ya no resulta raro ver por la calle gemelos, trillizos e incluso si se tercia, cuatrillizos. Los diversos modelos de cochecito que ofrecen los fabricantes para estas variantes: en línea, en batería, tête à tête, o en cuadro, merecen un capítulo aparte.


El caso es que hoy un parto múltiple ya no asombra a nadie, pero en la antigüedad se tenía por un hecho asombroso y causaba admiración en cuantos tenían noticia de él. Yolanda Bailli, una mujer francesa que murió en 1513, tuvo una enorme cantidad de partos múltiples a lo largo de su fructífera vida, que arrojaron al final un total de 295 hijos.


Pero el récord de los partos múltiples de Europa lo tiene Margarita de Irlanda, que parió de una sola vez trescientos sesenta y seis hijos vivos. Los bebés eran del tamaño de ratoncitos y todos estaban sanos y bien formados. Para mostrárselos a su madre, pusieron los trescientos sesenta y seis bien alineados uno junto a otro en una fuente de plata. Fue algo digno de verse.


Esta fuente pasaría años después a ser propiedad de Carlos V, lo que confirma la veracidad de la historia.


Como los hijos de Margarita eran tantos, el obispo que los bautizó en lugar de nombres, le puso a cada uno un ordinal latino: Primus, Secondo, Tercio, etc., con el fin de abreviar y que la ceremonia no se alargara demasiado, pues al terminar el oficio se obsequiaba a los invitados con Yemas de San Claudio, unos diminutos pastelillos de huevo por los que el prelado sentía una incontrolable avidez.

1 comentario:

JOSÉ ÁNGEL HIDALGO dijo...

Si te digo la verdad, el suicidio de algunos ricos sería meramente una cuestión de justicia elemental. Muchas fortunas están levantadas sobre el dolor, el sufrimiento, incluso el suicidio de los que no tienen otro capital que el trabajo.
Una realidad deseable, que no imposible, sería la de que sintieran la vergüenza que tú señalas.

Saludos.