26/12/12

Un gigante























Un gigante se ganaba la vida haciendo bailar a un muchacho en la palma de su mano. Lo exhibía en los pueblos y le daban unas monedas por eso. Así iba tirando.

Caryota mitis (botánica imaginaria)


          La caryota es una especie de palmera aunque a primera vista no lo parezca. Las hojas que tiene son muy bonitas. Normalmente los botánicos las describen como bipinnadas, con las pinnulas oblicuamente cunneadas y dentadas. La gente corriente las decribe diciendo que parecen la cola de un pez. Ambas descripciones son bonitas, pero la mejor y más precisa es la segunda.
          Es posible que la caryota sea un pez. Yo he examinado una de cerca detenidamente y creo que en verdad es un pez.

Biengranada (botánica)









































































          La Biengranada (Chenopoium botrys), también llamada ambrosía o Té de Valladolid, es una hierba aromática que florece en verano y que fue muy del gusto de don José Antonio Valverde, que la cultivaba con dedicación. Parece ser que el afamado naturalista solía tomarla hervida, y a menudo invitaba a Félix Rodríguez de la Fuente a degustar dicha infusión con él. 
          Según parece, el joven Félix aprovechaba aquellas ocasiones para robarle a don José Antonio las rapaces que el buen hombre tenía adiestradas en casa.

8/11/12

El vendedor de sueños


















Nunca se ha sabido el nombre del joven persa que vendía sueños. Tan solo que era ciego. El muchacho los vendía por las calles. Vendía sueños de todas clases. Uno normal costaba una libra esterlina. Parece ser que Lady Stanhope le compró en cierta ocasión un sueño a este joven; un sueño de lluvia en el que llovía mansamente en el Parque de Raven Castle durante todo un día. Se cree que Lady Stanhope perdió este sueño en la ciudad de Ascalón. 
El joven por su parte, se ganaba la vida bastante bien así: los emires le compraban sueños de niño; y los pobres le compraban sueños de emires. 
Esta historia la cuenta Cunqueiro, no yo, así que es cierta.

Cuatro árboles con nombre inglés























Bixa Orellana. Poco conocido por su nombre científico, este arbolillo es en realidad la bija, chuya, achote u onoto (vean que gran cantidad de nombres), cuyo tinte usaban los caribes y los indios de Guatemala para pintarse el cuerpo de color naranja o rojo. También sirve para dar el mismo color al queso y a otras muchas cosas, como por ejemplo los lápices de labios. Por eso los ingleses en un alarde de imaginación insólito lo llaman Lipstick Tree.

          Manykara Zapota. O sea, zapote. También chicozapote y zapotillo. Da látex. Si no fuera por este árbol no existiría el chicle o goma de mascar, un producto apreciado por mucha gente en todo el mundo. La pregunta del millón es esta: ¿cómo se llama en inglés? Respuesta: Chewing Gum Tree. ¡Bingo!

          Napoleona Imperialis. Pequeño e inofensivo árbolito africano descubierto por Beauvois en 1808 que en un alarde de chauvinismo galo, le puso este nombre en honor a Bonaparte. Las flores de este árbol tienen una doble corola amarilla y púrpura muy hermosa que parece un sombrero. El nombre inglés es -no me hagan reir- Napoleon’s Hat.

          Parmentiera Cereifera. Árbol de Panamá cuyos frutos parecen velas, tienen la longitud de velas y textura cerosa al tacto como velas. El nombre local es Xkat-cunc, tan difícil de pronunciar para los británicos que estos, inteligentemente, le pusieron el nombre más lógico de Candle Tree (sí, ya lo sé, la nomenclatura botánica inglesa puede llegar a cansar un poco).

          Colofón. Esto no es una planta sino una nota final. Si a alguien le parece que me burlo de la lengua inglesa, nada de eso. Mi aprecio por ella y por sus autores es bien conocido por mis amigos más íntimos. Sin embargo, el hecho de que los ingleses hayan decidido llamar “Candle Tree” a un árbol con forma de vela; “Lipstick Tree” a uno que da tinte rojo; “Autograph Tree” a otro sobre cuyas hojas se escribe (el cupey); “Calabash Tree” al que da calabazas y “Chewing Gum Tree” al del chicle, me produce una gran desazón interior. Y téngase en cuenta que estos ejemplos no son sino una breve muestra cogida a vuelapluma. Una gota en un gran mar. Pero en fin, como decía don Guillermo al final de un soneto: “O, sure I am the wits of former days / to subjects worse have given admiring praise”. O lo que es lo mismo, más o menos: “Oh, seguro que los genios de la historia / a peores temas habrán dado alabanza y gloria.”

5/11/12

Photoshop is beautiful






Seis cuadros, desde arriba, Retrato de Francis Basset de Batoni; Descendimiento de Van Eyck; María de Médicis de Rubens; Muerte de Viriato de Madrazo y María Tudor de Antonio Moro.

30/9/12

Los libros prohibidos de Dios

















Aunque siempre se intentó mantener en secreto el asunto de los libros de Dios, al final se supo. La verdad es que se sospechaba desde hacía tiempo. No podía ser de otra manera. Antes de crear el mundo Dios tuvo que leer mucho; si no, no hubiera podido. El caso es que de no ser por el incendio del cielo del pasado año, la existencia de la biblioteca seguiría siendo un misterio. Aunque los avezados periodistas que consiguieron hacerse con la lista de libros se han negado a revelar sus fuentes al juez, todo parece indicar que hubo una filtración deliberada por parte de la compañía de seguros, Prometeo S.A., tal vez con la intención de rebajar en lo posible la cuantía de la multimillonaria indemnización exigida por el Supremo Hacedor. 
Como nota curiosa diremos que ha causado sorpresa entre los expertos descubrir que, contrariamente a lo que se esperaba, en la lista no aparece ningún Ciprianillo. Pero lo que sí está claro a la vista de los documentos de la aseguradora es que entre los infinitos libros de la biblioteca siniestrada, Dios poseía algunos volúmenes muy valiosos, cuya lectura tenía terminantemente prohibida a hombres y ángeles. Seis de esos libros tienen un valor realmente incalculable. Son los siguientes.

          1-El Libro de las Palabras Perfectas, escrito por el mismo Dios. Si se abría este libro por cualquier página al azar, siempre se encontraba en dicha página exactamente lo que se deseaba leer y no otra cosa. El Libro de las Palabras Perfectas fue utilizado por Dios en numerosas ocasiones. La más famosa cuando se lo prestó a Isaías, que leyó aquella bobada del mundo paradisíaco, en el que el lobo viviría felizmente junto al cordero.
          2-Memorias de África o el Libro Imposible. Un rarísimo ejemplar de la conocida obra de Isak Dinesen. Aparentemente era igual al que podemos tener usted o yo en casa, excepto por una curiosa peculiaridad: nadie podía ir más allá de la primera frase, “Yo tenía una granja en África al pie de las colinas Ngong”. La lectura sentida de estas palabras arrebataba el corazón al lector y lo transportaba a otro mundo, tan hermoso que era incapaz de seguir leyendo, y cerraba el libro dejando vagar la mente en ensoñaciones maravillosas. Después, cada vez que lo volvía a abrir y volvía a empezar, le ocurría lo mismo. 
          3-El Libro Infinito. Un libro anónimo cuyo contenido era fascinante. Nunca se acababa de leer y nadie sabía de qué trataba, pues hasta el  día del incendio había resultado imposible lograr que quien había empezado su lectura, un ángel muy díscolo, lo soltara.
          4-El Libro de los Fiulsos de Alberto Manguel. Este libro bellamente ilustrado por su autor era verdaderamente extraordinario: no existía.
          5-La Enciclopedia de los Manjares. La Enciclopedia tenía mil tomos que sólo se podían leer acompañándolos de buen vino.
          6-Y por supuesto, El Principito.   

12/9/12

Por Ciudad Juárez

"Escritores por Ciudad Juárez" es una iniciativa que empezó en 2011 en Ciudad Juárez, de la mano de un grupo de jóvenes escritores (Antonio Flores Shroeder, Yuvia Cháirez y Edgar Rincón Luna) y que este 2012 se ha celebrado ya en más de 130 ciudades, en 24 países y en 3 continentes (todo está colgado en internet). Consiste en una acción pacífica y solidaria: a la violencia se opone la lectura. ¿Podrá la literatura salvar una ciudad? Tal vez. Como dijo en cierta ocasión José Antonio Abreu, el fundador del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela: “la batalla entre la pobreza material y la riqueza espiritual la está ganando la riqueza espiritual”. 
Esta es mi intervención y mi modesta contribución. Fue en El Cercano, en Ourense. Mi agradecimiento a Moncho Conde Corbal (El Cercano) y a Montse Villar, la organizadora. Podéis ver el resto de las intervenciones en su blog.

17/8/12

El Pinnacle Grouse



















El Pinnacle Grouse es un pájaro canadiense descrito por Borges. Esta ave, como bien ha explicado el escritor argentino, solo tiene un ala, por lo que se ve obligada a volar constantemente en círculos alrededor de un cerro cónico. Es muy difícil de avistar si uno no está en el lado correcto del cerro.

Ammit

El dios egipcio Ammit que era un tercio cocodrilo, un tercio tigre y un tercio hipopótamo tuvo que ser realmente feo.

2/8/12

Acto XVI, Brassai (de Los Mil Nombres de Daguerre)


















          Alrededor de 1930 Daguerre adoptó la nacionalidad húngara. Después cambió su nombre real, Gyula Halász, por el de Brassaï y se instaló en París.           
          Brassaï había estudiado en Budapest y en Berlín, donde había conocido a Lázsló Moholy-Nagy y a Kandinsky. Aficionado a los círculos artísticos y a la vida nocturna, enseguida trabó amistad con su compatriota André Kertész. Como un murciélago iluminado durmió de día y vivió de noche. Brassai el negro, lo llamaban. En 1933 publicó un libro: “París la nuit”. 
          Y con este libro mágico, el emigrante húngaro Daguerre-Brassaï, como había hecho cuando era Nadar, una vez más llevó la claridad a las sombras de la ciudad de la luz. Prostitutas, travestidos, delincuentes y otros misteriosos habitantes de la noche posaron con convicción ante la Voigtländer de Brassaï y se quedaron en ella para siempre. Detenidos. Con nosotros. A veces semiescondidos tras una pared con la mirada desafiante, a veces sumergidos en una copa sobre la barra de un bar, pero siempre entregados a la cámara como a un amante fiel. 
          Al igual que estos personajes anónimos, también se abandonaron a la mirada lúcida de BrassaÏ sus amigos Braque, Max Ernst, Dalí y Picasso, entre otros. Brassaï, que era un verdadero retratista, solía hablar con sus modelos para prepararlos y jamás los fotografiaba por sorpresa. Sus retratos, incluso los de la gente del hampa o de la vida de la calle, y hasta los de los clientes de bares y cabarets, están cuidadosamente compuestos. En 1963 André Kertész hizo un retrato del maestro sentado delante de un cartel publicitario. En él Brassaï se comporta como uno de sus modelos, relajado, con el cigarrillo en la mano derecha y un paraguas en la izquierda. Tranquilo, mira al objetivo con su único ojo vivo, el ojo mágico de Daguerre, con la plena conciencia de estar siendo fotografiado. Un ojo, un corazón.
          Después, en 1960 Brassaï sorprendió nuevamente con la publicación de otro libro revolucionario: “Graffitti”. En su búsqueda de la poesía de lo cotidiano el húngaro la había encontrado allí donde nadie la había buscado aun: en la paredes desconchadas, rotas y sucias de las calles, en las puertas despintadas, en los muros abandonados, en los cubos de basura, en las ruinas de la ciudad. Allí estaba también París. El auténtico París. Allí estaban los signos inconfundibles de su misteriosa belleza, iluminados, la magia entera de la capital del mundo en un rasgo hecho con una navaja. 
          Signos de mendigos y de niños pintados por manos anónimas, signos diminutos e invisibles grabados con cuchillos y punzones, con tizas, con piedras, con los dedos. Mensajes de clochards y de ladrones. Nuestros mensajes. ¿Acaso no somos todos de la carda, acaso no es todo el mundo ladrón? Graffitti. Objects trouvés. Caligrafías del tiempo y de la espera que fueron también versos nuevos y hermosos de lo oscuro, redescubiertos como un sueño nuevo.
          Brassaï, al igual que había hecho con los habitantes de París tomó aquellos rastros mudos de la ciudad, aquellos signos abandonados a su suerte, jeroglíficos del amor y de la rabia, y los amplió y los sacó a la luz para que todos pudiéramos descubrir su ignorada belleza. Un lenguaje que hablaba con música en silencio.
          Después de la Segunda Guerra Mundial Brassaï se dedicó a la pintura y a la escultura. Su amigo Pablo Picasso, de quién había hecho dos libros de fotografía, decía de él que sus dibujos eran “una mina de oro”. Y seguro que el propio Picasso extrajo de ellos alguna buena pepita. 
          En un libro de Arnold Crane publicado en 1995, “On the other side of the camera” Crane incluyó en él una entrevista con el Daguerre-Brassaï de mirada extraviada, acompañada de una fotografía a doble página de su ojo derecho, su único ojo vivo. Tal vez porque Henry Miller había dicho una vez de él, acertadamente, que era “El Ojo de París”.

4/7/12

El primer nombre: Giroux






















         (Fragmento de “Los mil nombres de Daguerre” una novela sobre la fotografía.)

          En 1839, el papelero Giroux pone a la venta un sueño imposible en su tienda de París. La primera cámara, el Daguerréotype, pesaba cincuenta kilos y costaba 400 francos de oro. Los experimentos de Nicéphore Niépce a principios de siglo en Saint-Loup de Varennes, primero con la litografía y después con la cámara oscura, lo habían llevado ya en 1816 a obtener la primera fotografía conocida: un paisaje desde la ventana de su finca del Gras. Le llevó más de ocho horas de exposición conseguirla.
          Hoy esa imagen borrosa, oscura e indefinida, resulta fascinante, seductora y extraordinariamente moderna. Y también triste. Niépce, el científico amigo del dios Helios, el amante de la luz se asoció en 1829 con un inteligente negociante, un avispado dandy parisino: el protagonista de nuestra historia. Un especialista en trucos de luz. El padre del diorama, Louis-Jacques Mandé Daguerre.
          Cuatro años más tarde el primero, con graves problemas económicos moría en su estudio de un ataque de apoplejía. Tenía sesenta y ocho años. Cinco años después una intervención de Joseph-Louis Gay-Lussac en la cámara de los pares, confirmaría a Daguerre como único autor y dueño del invento: el daguerrotipo. En el discurso, el científico ni siquiera mencionaba a Niépce. Así es la ciencia. Así es la historia.
          Como un personaje de Buñuel, como una sombra más de una de sus propias heliografías, la imagen de Niépce se fundió en negro con las otras sombras de su historia y desapareció para siempre. De esta forma empezó la fotografía: invirtiendo la realidad tal como hacen las imágenes que se dibujan en la cámara oscura. 
          Después, cuando la Academia de Ciencias Francesa hizo público el invento de Daguerre, se descubrió que el hábil comerciante, más rápido que la luz, ya lo había patentado en Inglaterra cinco días antes. Louis-Jacques no perdía el tiempo...

Vuelta al pasado, Disdéri

  (Fragmento de “Los mil nombres de Daguerre” una novela sobre la fotografía.)

          En 1851 Frederick Scott Archer había popularizado ya el colodión húmedo, un sistema más rápido que el daguerrotipo. El colodión permitía hacer numerosas copias a partir del cliché original, al igual que el calotipo. Mucho más barato, el colodión pronto desplazó a los procedimientos anteriores. Daguerre no podía desaprovechar esta oportunidad y en 1854, bajo la identidad falsa de André-Adolphe Disdéri, instala un estudio en la rue Laffite. El propio Nadar cuenta en sus memorias el éxito fulgurante de Disdéri, a cuyo estudio incluso llegó a acudir Napoleón III para hacerse una “carte de visite”, antes de partir para la campaña de Italia. Mientras tanto en la calle el ejército entero en pie, armado, vestido de gala y listo para la guerra esperó pacientemente a que el emperador tuviera su retrato. Daguerrre-Disdéri había vencido: Francia misma estaba a sus pies.
          Disdéri utilizaba una máquina de cuatro objetivos inventada por él mismo, con la que hacía una serie de 8 fotografías. Después las recortaba y las montaba sobre cartón: una “carte”. Todo el mundo quiso tener una. La cartomanía se convirtió en una locura colectiva que arrasó Europa. Cada carta costaba cinco francos, lo que revela el agudo sentido comercial y la habilidad de este hombre, ya que por entonces un retrato de Nadar costaba alrededor de cien. 
          Pero hubo más. Daguerre-Disdéri fue también Hiroshige. Fue los grabados ukiyo-e de Hokusai, y fue también Degas. Un dibujo de éste último de 1861 tiene escrita a mano la anotación “Disderi photog”. Un retrato hecho por Degas de la princesa de Metternich que se conseva en la National Gallery también está compuesto a partir de una fotografía de Disdéri. 
          Hacia 1890 Degas, definitivamente poseído por el espíritu de Daguerre, empezó a hacer fotografías él mismo para usarlas más o menos abiertamente en sus pinturas. Las sorprendentes perspectivas y composiciones de muchos de sus cuadros, con figuras muy ampliadas en primer plano y distorsiones de perspectiva claramente fotográficas, no dejan lugar a dudas. El ojo de Degas fue el ojo de Daguerre. Además hay otras claves. En el cuadro “El vizconde Ludovic Lepic y sus hijas en la Plaza de la Concordia”, aparte del transeúnte que aparece cortado en el margen izquierdo, Daguerre-Degas pintó también al fondo a Disdéri junto a Robert Frank, a Jacques Henri Lartigue, a Cartier Bresson... Todos están allí en la pintura, mirándonos desde una esquina del encuadre con los ojos asombrados de su tiempo.
          Disdéri se hizo rico. Su fama y su negocio traspasaron fronteras y llegó a tener estudios abiertos simultáneamente en Londres y en Madrid, además de varios en París. Ante su cámara desfiló toda la nobleza europea, y él mismo llegó a creerse un genio. En su libro “L’art de la Photographie” comparaba sus técnicas con las de Ingres, Watteau o el Veronés. 
         Se arruinó tan rápidamente como se había enriquecido y murió en Niza, en la indigencia. Como un reflejo más de una de sus copias al colodión pasó los últimos años de su vida en la miseria, recorriendo las playas del sur de Francia como fotógrafo ambulante con una cámara de madera al hombro. Daguerre era implacable incluso con sus propios hijos. Los adinerados grupos de turistas que le gritaban “¡eh fotógrafo!, háznos un retrato”, no podían sospechar que aquel hombre viejo y pobre que plantaba el trípode ante ellos y decía “gracias señor” por unas monedas había sido una vez, antes del Segundo Imperio, uno de los primeros de Francia. 
          Y que hasta Napoleón había estado de rodillas ante él. 







18/5/12

¿Literatura?

















Inventar un sistema solar. Hacer un sol. Poner nombre a los planetas y describir sus òrbitas y su composición. Explicar sus lunas (lo más bonito de todo). Y después, tan solo queda lo más fácil: contar la vida de sus habitantes. Eso es literatura, creo yo...

9/5/12

Literatura


La Literatura fue el truco de Dios para evitar el aburrimiento eterno. Creó al hombre... y lo hizo inventor de historias.

5/5/12

Pandano utilis (botánica imaginaria)

Este árbol, comúnmente conocido como Pandano, es originario de Madagascar. Puede llegar a medir treinta metros de altura y desarrolla una copa erguida muy hermosa. El pandano es de gran utilidad. Cada una de sus hojas es una espada bien templada y los brotes jóvenes son puñales. Si dos pandanos se encuentran, se aman hasta la extenuación.

Goethea strictiflora (botánica imaginaria)

Este arbusto perenne natural del Brasil es bien conocido por su talento poético y literario. Poco exigente en cuanto a suelo y riego es sin embargo intrasigente con respecto a su ubicación exacta, y si se lo pone a la sombra se niega en redondo a escribir. Pero si se lo planta en el lugar adecuado, entonces se convierte en un poeta excelente y sus versos son un regalo para la literatura y para el espíritu.


La Goethea escribe con sus propias hojas, dejándolas caer en el suelo al azar.

23/4/12

Hágase la Luz








La luz es una forma de energía, y también una radiación electromagnética visible por el ojo –no necesariamente humano–. Empecemos por decir esto, tan elemental y que todos sabemos desde niños, aunque Platón sostenía que la luz era una sustancia producida por los propios ojos, y tal vez tuviera razón. Si tuviéramos ojos ¿acaso lo primero que haríamos no sería producir luz?


La luz es esencial para la vida en la Tierra. Si no fuera por ella la mayor parte de los seres vivos, animales, plantas y nosotros mismos, no existiríamos. “Yo soy la Luz, la Verdad y la Vida”, dijo Jesús. Y lo primero que dijo fue “la Luz”. La verdad y la vida vendrían después. Hay más: muchos creen firmemente todavía hoy que la Verdad... aun no ha llegado.


El caso es que hay muchas clases de luz. Por lo general la gente conoce solo unas pocas: la luz del día, la del sol, la luz de tu risa, la del cielo –a la que Calderón llamaba “mentira azul de las gentes”–, la de la luna, o la luz inagotable de las estrellas. Incluso me han dicho que algunas personas poco afortunadas tan solo conocen tres luces: las de los semáforos, lo que resulta aun más sorprendente que todo lo anterior.


Pero hay muchas luces más. Una es la luz zodiacal, por ejemplo, que aparece en el cielo nocturno hacia el oeste, al anochecer y cuyo verdadero origen y naturaleza se ignora; otra la luz terrestre que puede verse claramente desde el espacio, pues la Tierra también emite su propia luz, una bellísima y claro está, de un intenso color azul; y otra por cambiar de tercio, la luz de Velázquez de la que tanto hablan los guías turísticos en el Prado ante Las Meninas, pero que pocos pueden llegar a percibir claramente. Por cierto y a propósito de esta luz singular, si no la han visto nunca ustedes les recomiendo que vayan allí, al Prado, se arrimen discretamente a uno de esos guías y presten atención a sus palabras: la luz de Velázquez es de las que iluminan a fondo –a este sevillano del XVII la Verdad sí que le llegó a tiempo– el alma y el corazón.


Pero ¿cómo nació la luz? Pues bien, no es ningún misterio. Se puede rastrear su origen en multitud de textos antiguos, desde La Biblia o el Gilgamesh hasta el Bronwynn de Juan Eduardo Cirlot, el famoso poeta medieval que vivió en la Barcelona del siglo XX. O por citar otra fuente más conocida y más a mano, en el “Gylfaginning”, la Edda de Snorri Sturlusson. En esta obra perfecta se cuenta en detalle como los hijos de Borr crearon la luz al principio de los tiempos, mucho antes de que la Tierra existiera. Lo hicieron de una forma muy simple. Tomaron las chispas y pavesas que brotaban del Muspell, la región llameante del sur que tenía vida propia, una vida de fuego, y las pusieron fijas en el cielo del norte para que iluminaran el mundo y le dieran calor:


“No sabía el sol donde estaban sus salas,

no sabía la luna cuál era su poder,

no sabían las estrellas cuál era su lugar.”


Así pues, antes de la luz ni siquiera los planetas sabían quiénes eran de verdad. Pero la luz, aquel animal hermoso e impredecible, era al principio salvaje como una niña rebelde y maleducada. No prestaba obediencia a nadie. No tenía amo ni señor. Y los dioses tuvieron que crear a los poetas y a los fotógrafos, para que enseñaran a la recién llegada a comportarse. Los poetas llegaron primero y la ataron con la palabra. Y después hicieron su aparición los fotógrafos... armados con las sombras.



NOTA: Como mucha gente me ha pedido más fotos, para ilustrar este texto he elegido unas pocas fotos de una serie titulada Swim-Swim, que hice hace un par de años (puede que ya haya publicado alguna otra vez, sorry). Es una serie de imágenes inspiradas en la playa y en la estética de las ilustraciones de pin-ups de los años 50. Son en realidad pequeños fragmentos de otras fotos, tratados con filtros para unificarlas y darles un aspecto pictórico, como de póster. Las fotos originales son todas -creo recordar- de un amigo, él sí gran fotógrafo: Mario Sierra. Gracias a eso el resultado es tan bonito (las fotos originales eran mucho mejores).