12/4/10

Ocas (gastronomía)


Mucha gente las conoce por el paté, pero pocos saben que estas anátidas poseen el don de la adivinación y la capacidad de hablar, razones por las que los habitantes de la región del Languedoc (apréciese la bonita etimología) antiguamente las veneraban como si fueran diosas. Lógico. Si usted o yo tuviéramos en casa, ya no digo una hermosa oca sino una simple gallina capaz de predecir el futuro, también la veneraríamos como si fuese el propio Apolo.


Cuando los romanos conquistaron la Galia se llevaron unas cuantas ocas al Capitolio que resultaron ser de suma utilidad tal como explica muy bien Plinio, pues aquellas despiertas anátidas alertaban a Júpiter con sus graznidos si se acercaban extraños. Sin embargo y como al fin no podía dormir, el dios ordenó que las sacrificaran a todas para tener un poco de paz. Y es que Jupiter era muy expeditivo.

10/4/10

We live


Según un antiguo poema náhuatl que he encontrado curioseando por ahí, no fue para vivir para lo que vinimos a la tierra sino para soñar:


“Nacimos para el sueño,

no fue para vivir que vinimos a la tierra.

Apenas seremos una hierba que reverdece:

verdes los corazones y los pétalos extendidos.

Porque el cuerpo es una flor fresca y mortal.”


O sea que Joseph Conrad, en realidad un polaco y no un inglés, ya vivía en México en el siglo VIII de nuestra era, mucho antes de que los primeros españoles llegaran a aquellas tierras. Tal vez, quiero pensar, oculto bajo la identidad de un sacerdote mexica, un toltécatl, “el que habla con el corazón”: We live as we dream, alone.


Este cuento que ha nacido del hallazgo del poema mexica es para Patsy Scott, a propósito de la frase de Conrad de la que hemos hablado alguna vez.

7/4/10

La tabla del nueve


Un príncipe tenía un genio en propiedad. Era un genio diminuto. Medía apenas unos centímetros y el príncipe lo llevaba en una caja. Si se lo pedían, lo enseñaba. Destapaba la caja y el genio salía de ella y recitaba la tabla del nueve sin equivocarse: “Nueve por uno es nueve, nueve por dos, diez y ocho; nueve por tres, veintisiete...”, y así hasta que el príncipe le decía que parara. Entonces el genio se callaba, hacía una reverencia y volvía a la caja.


En cierta ocasión el rey de Roma quiso saber hasta dónde era capaz de llegar el genio con la tabla. Durante tres días él mismo y sus ministros estuvieron escuchándolo. Cuando el genio llegó a “nueve por sesenta y cuatro mil ochocientos treinta y dos, quinientos ochenta y tres mil cuatrocientos ochenta y ocho”, el príncipe lo mandó parar, pues el genio y él eran los únicos que seguían en pie. Todos los demás incluido el propio rey, se habían quedado dormidos rendidos de cansancio.


Estas pequeñas actuaciones tenían mucho éxito y el genio se hizo famoso en todo el reino y más allá de sus confines. Pero a pesar de que el príncipe intentó en muchas ocasiones enseñar al genio alguna otra cosa como un poema, una canción o la tabla del seis, fue imposible. Aquel genio sólo sabía la tabla del nueve, y si lo sacabas de ahí no había nada que hacer.

Perdiz (gastronomía)


Si no conoce Toledo, esta es una buena ocasión para visitarlo. Deje el blog y póngase en marcha.

5/4/10

El caso de José


José estaba trabajando en el campo con sus hermanos, recogiendo la mies. Los llamó y les dijo:


– Venid todos, hermanos míos. Admirad las gavillas tan perfectas que he hecho hoy.


Pero no le hicieron caso, pues ninguno sabía qué demonios era aquello tan raro de “gavillas”.

La modestia

La modestia es una virtud escasa. Esto lo sabemos bien todos los que somos muy cultos.

Notarios


En la comarca de Finisterre, en A Coruña, según he leido en varios sitios se conservan antiguas cédulas de propiedad de fincas que en la descripción de las lindes dicen a menudo: “linda ao oeste con América, mar de por medio”. Eso era un notario, ¡sí señor!

2/4/10

Laurel (botánica)

Excuso describir en detalle esta planta ya que, por hache o por be, todo el mundo tiene unas hojas en casa, generalmente metidas en un bote en la cocina o mezcladas con el arroz.


El laurel (Laurus nobilis) es una de las plantas más fascinantes que existen. Hay dos tipos: macho y hembra. La hembra da frutos y el macho no (esto es razonable). Ambos son muy aromáticos. Se sabe que Drusilla, la esposa de Augusto, tuvo una gallina amaestrada a la que hacía pasearse diariamente con una hoja de laurel en el pico por el Capitolio, y según los cronistas de la época el aroma de aquella única hoja se extendía como un bálsamo por toda Roma.


Además, al laurel siempre se le han atribuido propiedades mágicas. Tiberio se ponía en la cabeza una corona hecha con las hojas de dicha planta cuando tronaba, pues creía firmemente que ahuyentaba el rayo. Y los nobles romanos decoraban con ella la puerta de sus casas para protegerse cuando esperaban una desgracia. Por otra parte, si se añade laurel a un fuego, el fuego se vuelve loco. Esto es un hecho y puede comprobarlo cualquiera en casa fácilmente. El asunto del laurel macedonio de Tito Livio ya lo expliqué en este mismo blog en octubre de 2009, en un cuento titulado “El alma de las plantas”, por lo que no voy a repetir la historia aquí.


Los laureles son plantas antiquísimas que tienen vastos conocimientos de ciencia, religión, filosofía, arte y cocina. Por eso tantos grandes hombres de la antigüedad como Alejandro y Julio César solían hacerse acompañar por dichos árboles, para que los aconsejaran sabiamente cuando tenían que tomar alguna decisión acerca de un asunto de importancia. Y todavía hoy sirven para eso. Por ejemplo y esto sí que le será de utilidad, si usted tiene que preparar un estofado, o una perdiz, o un pescado al horno, o un escabeche... pruebe a añadirle unas hojas de laurel. El guiso mejorará notablemente, sus invitados lo agradecerán y usted se sentirá coronado, como un poeta o un campeón de los Juegos.

El cofre


Un joven rey guardaba celosamente un pequeño cofre cerrado que le había legado su padre. El cofre pasaba de padres a hijos desde hacía más de mil años y siempre permanecía cerrado. Tenía una inscripción en la tapa que decía: “No abrir jamás”. Nunca se había abierto y nadie sabía lo que contenía.


Sin embargo el joven rey era muy curioso. Un día no pudo más y contra la opinión de sus consejeros, lo abrió. Dentro había un segundo cofre aun más pequeño, con otra advertencia: “Si se abre este cofre ocurrirán grandes desgracias”. El rey que era imprudente, abrió el segundo cofre y dentro había un tercer cofre, en este caso diminuto, apenas del tamaño de una uña, que decía: “Atención: manténgase cerrado este cofre o el reino caerá en manos de un ejército invasor”. Por tercera vez hizo caso omiso de la advertencia. Lo abrió y la amenaza se cumplió: Del interior del cofre salió un ejército tan numeroso como las gotas del mar, que arrasó el reino entero. Fin del cuento.

Variantes narrativas

El cuento de los siete cabritillos puede contarse igualmente con siete cerditos. Es lícito. Está permitido.