2/8/12

Acto XVI, Brassai (de Los Mil Nombres de Daguerre)


















          Alrededor de 1930 Daguerre adoptó la nacionalidad húngara. Después cambió su nombre real, Gyula Halász, por el de Brassaï y se instaló en París.           
          Brassaï había estudiado en Budapest y en Berlín, donde había conocido a Lázsló Moholy-Nagy y a Kandinsky. Aficionado a los círculos artísticos y a la vida nocturna, enseguida trabó amistad con su compatriota André Kertész. Como un murciélago iluminado durmió de día y vivió de noche. Brassai el negro, lo llamaban. En 1933 publicó un libro: “París la nuit”. 
          Y con este libro mágico, el emigrante húngaro Daguerre-Brassaï, como había hecho cuando era Nadar, una vez más llevó la claridad a las sombras de la ciudad de la luz. Prostitutas, travestidos, delincuentes y otros misteriosos habitantes de la noche posaron con convicción ante la Voigtländer de Brassaï y se quedaron en ella para siempre. Detenidos. Con nosotros. A veces semiescondidos tras una pared con la mirada desafiante, a veces sumergidos en una copa sobre la barra de un bar, pero siempre entregados a la cámara como a un amante fiel. 
          Al igual que estos personajes anónimos, también se abandonaron a la mirada lúcida de BrassaÏ sus amigos Braque, Max Ernst, Dalí y Picasso, entre otros. Brassaï, que era un verdadero retratista, solía hablar con sus modelos para prepararlos y jamás los fotografiaba por sorpresa. Sus retratos, incluso los de la gente del hampa o de la vida de la calle, y hasta los de los clientes de bares y cabarets, están cuidadosamente compuestos. En 1963 André Kertész hizo un retrato del maestro sentado delante de un cartel publicitario. En él Brassaï se comporta como uno de sus modelos, relajado, con el cigarrillo en la mano derecha y un paraguas en la izquierda. Tranquilo, mira al objetivo con su único ojo vivo, el ojo mágico de Daguerre, con la plena conciencia de estar siendo fotografiado. Un ojo, un corazón.
          Después, en 1960 Brassaï sorprendió nuevamente con la publicación de otro libro revolucionario: “Graffitti”. En su búsqueda de la poesía de lo cotidiano el húngaro la había encontrado allí donde nadie la había buscado aun: en la paredes desconchadas, rotas y sucias de las calles, en las puertas despintadas, en los muros abandonados, en los cubos de basura, en las ruinas de la ciudad. Allí estaba también París. El auténtico París. Allí estaban los signos inconfundibles de su misteriosa belleza, iluminados, la magia entera de la capital del mundo en un rasgo hecho con una navaja. 
          Signos de mendigos y de niños pintados por manos anónimas, signos diminutos e invisibles grabados con cuchillos y punzones, con tizas, con piedras, con los dedos. Mensajes de clochards y de ladrones. Nuestros mensajes. ¿Acaso no somos todos de la carda, acaso no es todo el mundo ladrón? Graffitti. Objects trouvés. Caligrafías del tiempo y de la espera que fueron también versos nuevos y hermosos de lo oscuro, redescubiertos como un sueño nuevo.
          Brassaï, al igual que había hecho con los habitantes de París tomó aquellos rastros mudos de la ciudad, aquellos signos abandonados a su suerte, jeroglíficos del amor y de la rabia, y los amplió y los sacó a la luz para que todos pudiéramos descubrir su ignorada belleza. Un lenguaje que hablaba con música en silencio.
          Después de la Segunda Guerra Mundial Brassaï se dedicó a la pintura y a la escultura. Su amigo Pablo Picasso, de quién había hecho dos libros de fotografía, decía de él que sus dibujos eran “una mina de oro”. Y seguro que el propio Picasso extrajo de ellos alguna buena pepita. 
          En un libro de Arnold Crane publicado en 1995, “On the other side of the camera” Crane incluyó en él una entrevista con el Daguerre-Brassaï de mirada extraviada, acompañada de una fotografía a doble página de su ojo derecho, su único ojo vivo. Tal vez porque Henry Miller había dicho una vez de él, acertadamente, que era “El Ojo de París”.

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