12/9/10

Vincenzo


Entre 1911 y 1913 Vincenzo Peruggia ocultó en su casa a la mujer más admirada de Francia. A lo largo de esos tres años, como un amante solícito la despertó cada mañana para mostrarle el sol; la acunó una y mil veces al caer la tarde; durmió a su lado; le sonrió; le contó todos los cuentos... Tal vez la besó. Nunca se lo perdonaron. Ella le sonreía.

El zorro y las nubes


Unas nubes llegaron a la cima de una montaña y se instalaron allí. Eran unas nubes blancas y algodonosas. Si querías verlas de cerca no tenías más que subir a lo alto de la montaña y las nubes siempre estaban en el mismo sitio. Otras nubes viajaban constantemente: un día iban a descargar la lluvia al mar y otro volvían; o se iban a visitar otras montañas, otros valles y ciudades lejanas. Pero las de aquella montaña nunca se movían de su sitio. Estaban allí todo el año. Incluso en verano. Era un misterio.


Los animales del bosque se decían unos a otros: “¿Qué tramarán esas nubes?, todo el día ahí, sin hacer nada. Aquí hay gato encerrado.” Tan intrigados estaban que llamaron al zorro orejudo, que era un detective brillante, y lo contrataron para que investigara el caso y averiguara qué hacían las nubes allá arriba.


El zorro era un profesional riguroso. Por eso lo primero que hizo fue cobrar un adelanto de sus honorarios y a continuación documentarse a fondo sobre el tema. En la biblioteca del bosque encontró bastante material. Había varios libros sobre nubes y dedicó una mañana a leerlos tomando buena nota de todo lo importante. Una vez hecho esto decidió entrevistar a las nubes en persona, así que subió a lo alto de la montaña. El trayecto era largo y el sol pegaba de lo lindo. El zorro llegó arriba sudoroso y cansado.


– Buenos días, nubes, –dijo aun jadeando–, soy el zorro orejudo, ¿les importaría contestar a algunas preguntas? Es pura rutina.


Obsérvese que el zorro orejudo era un tipo muy directo.


– Buenos días, señor zorro, –contestaron las nubes–, es un placer conocerle. Por supuesto que no nos importa. Contestaremos a lo que quiera. A nosotras nos encanta charlar, aunque como usted podrá suponer no solemos tener muchas visitas por aquí. Pero ¡oh vaya, perdónenos!, está usted tan acalorado... ¿Le gustaría refrescarse un poco?


Antes de que el zorro pudiera contestar afirmativamente, las nubes descargaron sobre él 200 litros de agua y el zorro quedó hecho un trapo.


– Ejem, –dijo el zorro algo chafado, retorciéndose la cola y las orejas para escurrir el agua–, muchas gracias. Muchas gracias, sí. Bueno, pasemos a lo importante. No me andaré por las ramas. La primera pregunta es esta: ¿Qué demonios hacen ustedes aquí todo el día?


– Llovemos –dijeron las nubes como si llover uno mismo fuera la cosa más normal del mundo.


– ¿Llovemos? –replicó el zorro extrañado–. Llover es un verbo irregular. No existe “llovemos”, –añadió.


No bien hubo dicho esto, un segundo chaparrón se desató justo sobre su cabeza. Apenas se había repuesto de la mojadura anterior y ya estaba empapado otra vez. Empezó a estornudar.


– ¡Oh, pero qué desconsideradas somos! –dijeron las nubes–. Discúlpenos, ha sido sin querer. Se ha resfriado usted. Vaya por Dios. Nos apartaremos un poco para que pueda secarse al sol.


Dicho y hecho. Las nubes se abrieron y los rayos del sol entraron a toda velocidad por el hueco y llegaron hasta el zorro. Un rayo de sol dijo a los otros:


– ¡Eh chicos, mirad! Aquí hay un zorro muy peludo completamente empapado. ¡Genial! Venid todos, vamos a secarlo.


Los rayos envolvieron al zorro y empezaron a hacerle cosquillas con un calorcito muy agradable y este empezó a sentirse mejor. Después las nubes le ofrecieron un té caliente. El zorro se lo tomó de un trago y optó por no hacer más preguntas. Al cabo de un rato se despidió cortésmente y se fue, pero las nubes aun tuvieron tiempo de desatar sobre él un último chaparrón de despedida y el zorro acabó bajando la montaña a toda velocidad, con el rabo entre las piernas.


Una vez a salvo en su oficina y después de secarse bien, elaboró un detallado informe en el que explicaba que las nubes se limitaban a llover allí en la cima, y por lo demás eran inofensivas. Como el zorro orejudo tenía un gran prestigio y cobraba muchísimo, cuando los animales leyeron el informe se tranquilizaron de inmediato y dejaron de darle vueltas al asunto. Después, lo primero que hizo el zorro con sus honorarios fue comprar Frenadol y también una buena gabardina con solapas, lo que a partir de entonces le dio un aire mucho más profesional.

Cuatro cosas que traen mala suerte


Colocar un muerto boca abajo, encontrar un mono al salir de casa, esconder la llave de una cámara secreta, robar un avestruz.

10/9/10

El pozo mágico


Hubo en China un pozo mágico que concedía deseos. Lo único que había que hacer era formular un deseo y arrojar al pozo algo valioso, como monedas o un brazalete. El pozo siempre concedía el deseo.


Rápidamente se corrió la voz por toda China y todos los chinos fueron al pozo. Se hizo una cola enorme de miles y miles de personas. Todos los chinos llevaban en la mano algo de valor: un collar, una sortija, un lingote de oro o cualquier otra cosa. Al llegar al borde del pozo arrojaban allí lo que fuera y formulaban sus deseos. Y el pozo los cumplía todos.


Con el tiempo el pozo se fue llenando de joyas hasta que estuvo hasta arriba, y entonces los que se asomaban a él podían ver que dentro había un tesoro fabuloso de perlas, brillantes, piedras preciosas y oro. Cuando estaba a rebosar, las cosas que echaba la gente rodaban hasta el brocal y caían fuera y los deseos ya no se cumplían.


Entonces el rey de China que era muy listo lo mandó vaciar, se quedó con el tesoro y el pozo volvió a funcionar como antes. Voilá.

Un aforismo


No es mío, es demasiado bueno. Lo he encontrado en el blog de Argax. Tampoco sé si es suyo o si se trata de una expresión popular -lo parece- que yo nunca había oido. El caso es que es perfecto como un microcuento, y lleno de humor e ironía. Dice así:


“Cuanto más grande es el tambor, más tonto es el niño.”

8/9/10

Once hallazgos extraordinarios


- El caracol de oro macizo de Rubén Darío.

- El corazón que halló una niña temprano una mañana de San Juan.

- Los árboles del cielo (Ailanthus altíssima).

- El estaño alado de las piedras.

- La tortura: Ixión, Sísifo, Titio.

- El hombre-ciervo del lago.

- La mujer que dio a luz búfalos y pájaros.

- El loro Kea que se alimentaba de ovejas.

- Los cerdos de Neruda que sostenían la Aurora.

- El Borophagus.

- El árbol genealógico de los mamíferos, que descendemos todos de un reptil.

Gigantismo animal


El gigantismo en el reino animal (elefantes, dinosaurios, ballenas...) tiene muchas ventajas. La más obvia es la siguiente: los otros animales no te atacan. Por contra en caso de peligro no puedes enterrarte en la arena, ni refugiarte tras una hoja... hay que tener todo en cuenta.

5/9/10

El caballo poeta


Horacio es un caballo con un corazón muy grande. Los caballos, a los que algunos llaman Houyhnhnms, son mucho más inteligentes que las personas, pero generalmente lo ocultan para evitarse problemas.


Horacio era un caballo especialmente sensible y refinado que siempre había querido ser poeta. Un día encontró un gnomo; un gnomo es un duende pequeñito. Muchos gnomos van vestidos de azul y rojo y llevan gorros picudos, pero otros no y son distintos. En todo caso los gnomos son difíciles de ver, pero fáciles de reconocer pues resultan muy característicos. Una vez que has visto uno no te olvidas nunca. Horacio tenía muy buena vista y descubrió al gnomo enseguida, aunque este intentaba ocultarse bajo una hoja. Le dijo:


- Hola gnomo, te he descubierto. Ahora tienes que concederme un deseo.


- ¡Vaya! -replicó el gnomo-, esa es una idea realmente peregrina, ¿de dónde la has sacado?


- Conozco mis derechos -dijo Horacio-, esto es un cuento y en los cuentos los gnomos conceden deseos al que los encuentra. Quiero ser poeta.


El gnomo no tenía ganas de discutir.


- Vale, vale, estoy muy ocupado. ¡Hala! Ya eres poeta. Andando.


Y desapareció.


Horacio se quedó un poco desconcertado, porque pensaba que el gnomo tendría que haber hecho un pase mágico o decir unas palabras raras o algo así, y no estaba seguro de que le hubiera concedido el deseo de verdad. Además tampoco notaba ningún cambio especial en él mismo, ni se sentía más inspirado que antes. Iba pensando en esto cuando se topó con la hormiga.


- Vas muy pensativo, Horacio -lo saludó la hormiga.


Horacio le contó toda la historia y la hormiga dijo:


- Mmmh, sí. Yo diría que no sabrás si tu deseo se ha cumplido hasta que escribas un poema.


A Horacio le pareció una sugerencia muy acertada. Le dio las gracias a la hormiga y se fue a casa a escribir. El primer día escribió un poema. Después lo leyó pero no acababa de gustarle del todo, así que empezó a cambiar primero una palabra, después otra, después otra y así sucesivamente hasta que llegó un momento en que el poema no se parecía en nada al que había escrito al principio. Pasaron los días y Horacio seguía trabajando en su poema. Tan absorto estaba que no salía de casa, y la hormiga y el resto de sus amigos se preguntaban en qué andaría.


Al principio Horacio creía que el poema le saldría rápidamente, pero aquello se iba haciendo cada vez más y más difícil. Se rodeó de diccionarios, de recortes de periódico, de dibujos... de flores. Compró un perro, un periquito y una tortuga de agua. Cruzó un río, subió una montaña, atravesó el desierto para airearse, volvió a casa y siguió escribiendo. Así pasó semanas y semanas trabajando en el poema, hasta que un día por fin se sintió satisfecho y lo dio por terminado. Entonces decidió convocar a todos los animales del bosque para leérselo y saber si era bueno. Envió invitaciones personalizadas a todos: al león, a la cotorra, al gamo, etc. Por ejemplo, la invitación de la hormiga decía así:


“El caballo Horacio invita a la señora hormiga a la lectura de su poema, que se celebrará en la casa del caballo, el próximo jueves a las seis de la tarde. Se ruega etiqueta.”


Y cada animal del bosque recibió la suya. Horacio preparó una fiesta inolvidable con bocadillos, pinchos, bebidas y dulces. Contrató a un grupo de jazz, la “Tucano Dixie Band” para que amenizara la velada y a quince poneys que se encargarían de servir las mesas y atender a los invitados. Por fin llegó el gran día. Todos los animales estaban encantados en la fiesta, pues la comida estaba muy buena, la música era estupenda y la compañía agradable. Además era una ocasión de oro para lucir sus mejores galas y todos se habían puesto lo mejor que tenían. A los postres Horacio hizo sonar una copa con el tenedor y reclamó atención. Todos los animales se callaron y lo miraron, aunque algunos como la comadreja protestaron un poco porque preferían seguir comiendo; de hecho había una tarta de moras que estaba especialmente buena. Horacio dijo:


- Queridos amigos, bienvenidos. No os entretendré mucho -todos suspiraron aliviados-. Como ya sabéis he decidido ser poeta. Os he convocado hoy para leeros mi primer poema. Es un haiku, un poema japonés muy breve. Me ha costado mucho escribirlo y estoy orgulloso de él, pero quisiera vuestra opinión sincera. Ahí va. Este es el poema:


“Amanece,

el zorzal canta,

el bosque es mi casa.”


Hubo un breve y respetuoso silencio, roto inmediatamente por un aplauso atronador. Todos los animales se pusieron en pie al mismo tiempo aplaudiendo. Los monos aplaudían con las cuatro manos a la vez. Se oyeron vivas, hurras, muy buenos y algún que otro silbido de la comadreja. Después el grupo de jazz volvió a tocar, todos se sentaron y dedicaron su atención a las viandas otra vez. Horacio simplemente se puso colorado como un tomate. Dijo “gracias amigos”, y se echó a llorar.


Esta es la historia de Horacio.

El hombre que tenía la cabeza vuelta hacia atrás


Era imposible hacer entrar en razón al hombre que tenía la cabeza vuelta hacia atrás.

1/9/10

Cabras de Galway

Volvemos a los cuentos. Para leer el primero, “Cabras de Galway”, hay que ir al blog de mi amigo, el fotógrafo Xoán Piñón, ya que el cuento me lo ha regalado una foto suya: http://xoanpinon.blogspot.com/


Aparte, no puedo dejar de recomendar a mis lectores que, una vez en el blog de Xoán (fotógrafo mágico), bajen hasta la entrada “Albeida”, por lo menos. Otra foto extraordinaria con un precioso comentario de Rodrigo Romaní, a quien no conozco en persona pero con cuya música he disfrutado a menudo. Lean el texto y sobre todo fíjense bien en la foto. Fíjense en las caras, una por una. Es un pueblo entero. Con cosas así creo yo, se hace el mundo bonito. Albeida. Rodrigo. Xoán. Un cantar. Gracias.